miércoles, 1 de abril de 2009

Basura espacial

¿Quién se atreverá alguna vez a narrar la historia del ser humano usando como hilo conductor sus hábitos de desperdicios? Ello no solamente nos hablaría de sus gustos alimenticios en general, sobre su organización poblacional o sobre todos esos aspectos en los que, en mayor o menor medida, ya algunas especialidades antropológicas encuentran su objeto.

También nos trazaría un mapa histórico sobre los límites de la dejadez, sobre los contornos de la historia de desamor con su propio seno. Siguiendo a un conocido pensador alemán, no sólo encontraríamos narraciones sobre implosiones de esferas sino también pistas sobre nuestro endémico exceso de confianza que rompe relaciones de confort; acabamos siendo para nosotros mismos como un molesto compañero de piso al que amamos con vivo interés una vez, y que va progresivamente invadiendo con sus residuos, sobras y despojos todos los espacios comunes que una vez prometió respetar.


Viene toda esta perorata a cuento porque entre los fríos temores siderales que Copérnico inoculó a Pascal y la reconstrucción publicada hace bien poco del vertedero espacial media una triste historia de desamor entre el ser humano y las esferas celestes. Si Aristóteles viese ahora cual es el estado en el que se hallan los cielos, sentiría probablemente cierta vergüenza por su ingenuidad cosmogónica.


Evidentemente esto es contemplado como un problema menor a la luz del cambio climático que acontece en nuestra esfera sublunar, es un detalle literalmente invisible, como haber participado activamente en una fiesta cuyas consecuencias no nos conciernen; pero los que aún conservamos afinidad con el impulso cosmogónico miramos ahora al cielo con la tristeza (por mucho que entendamos que son, en el mejor de los casos, huellas de un progreso plausible, el corolario de nuestras propias posibilidades: no me malinterpreten, yo también me sigo beneficiando de los resultados que han ido dejando desperdicios en el espacio) con que uno mira el estado en el que queda cualquier playa tras cualquier domingo de agosto.


El eterno problema del continente y que encierra la clave del infinito –dónde contener el continente y así ad infinitum - se manifiesta con claridad echando un vistazo a la basura espacial sin poder evitar la pregunta profana de si era realmente así de necesario, ni la ridícula imagen de un “camión de la basura” sideral enviado por la NASA, la Agencia Espacial Europea o cualquier otro organismo.

Así, la fricción atmosférica de algunos restos de esta chatarra provoca en algunos de nosotros que pidamos, con los pies en la tierra y cerrando los ojos, miles de deseos; cerrando en efecto los ojos y llamando “estrella fugaz” a una tuerca de cinco kilos de peso que arde antes de estrellarse contra quién sabe qué. Nuestra basura y nuestros eufemismos… ¿Acaso ahora, quién ante la desazón provocada por el actual estado de nuestro medio ambiente, busque consuelo en miradas con aliño existenciario a la bóveda estrellada tendrá posiblemente sólo dos opciones: o cerrar los ojos, o mirar hacia otro lado pensando: “que lo recoja otro”?


Por Cecilio Santiago, colaborador de Ambientum.com
cecilio.sg9@gmail.com







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