lunes, 13 de abril de 2009

En el bosque helado

Por Antonio Cardiel, escritor y mantiene su blog Foto-relatos


Ahora, en pleno invierno y a pesar del frío, también es buena época para pasear por nuestros bosques, más solitarios que nunca y muchas veces cubiertos de nieve. Conviene calzarse unas raquetas, que tan útiles son en estas circunstancias, y dejarse llevar por la intuición a la hora de escoger un itinerario.

Si uno va bien abrigado, es un gran placer caminar sobre la cubierta nivosa, la cara como única parte de la anatomía expuesta al frío, que tanto tonifica. Es una sensación, esa que proporciona el frío, podría decirse, de salud derramándose por los poros de la piel, como si el paseante sintiera de repente toda la vitalidad concentrada en un segundo, o toda la esperanza de futuro, o también la felicidad que resta por vivir corriendo por las venas en ese instante. Al menos es lo que nos pasa a los urbanitas mal acostumbrados y que tenemos la seguridad del fuego en el hogar de la casa de campo o del hotel para el momento del regreso.

Sin embargo, no es siempre nieve lo que pisamos en el bosque, a pesar de la primera impresión. Si se dan las condiciones oportunas, en el lugar de la nieve podemos observar millones de cristales de hielo que lo tapan todo, el suelo, el lecho de los ríos, las ramas y las hojas de los abetos y los pinos, los bojes enteros, todas las plantas hasta donde alcanza la vista. Son diminutos hexágonos, cada uno de ellos perfecto, que parecen de cristal.


De hecho, ese ruido hacen, el del vidrio cuando se quiebra, si los aplastamos entre los dedos. Cada uno de esos cristales, a su vez, es un prodigio de geometría, un fractal perfecto de líneas rectas y ángulos obtusos que se repiten, con el mismo dibujo, de menos a más, en una progresión de lo microscópico a lo macroscópico.


Al pisarlos, se quiebran como si fueran de fino vidrio de Bohemia, de una pureza máxima. Es como asistir en directo a una lección magistral de matemáticas, a una conferencia del más eminente de los físicos, a un curso práctico impartido en la escuela más prestigiosa. La Naturaleza, de hecho, no hace sino facilitar modelos a las ciencias, que siempre tienen un carácter empírico y van a remolque de aquella.


En realidad, existe una explicación para el fenómeno de los cristales de hielo hexagonales que a veces cubren nuestros bosques en invierno. Es la convección térmica o inestabilidad de Henri Bénard, físico francés que, a principios del siglo XX, descubrió que el calentamiento de una fina capa de líquido puede originar estructuras ordenadas y hexagonales con forma de colmenas si la temperatura entre la parte superior y el fondo alcanza un valor crítico. Y es un fenómeno que se da en la Naturaleza cuando el aire caliente de la superficie de la tierra fluye hacia el espacio, como sucede en las dunas del desierto o en los campos de nieve árticos.


Y en los bosques más altos también, debido a la tremenda diferencia entre la temperatura de la tierra y del ambiente, en unas noches que fácilmente pueden rondar los 10 ó 15 grados bajo cero. El premio Nóbel Ilya Prigogine relacionó ese fenómeno de los cristales hexagonales con las llamadas estructuras disipativas, objetos o procesos que se organizan a sí mismos y que cambian de forma espontáneamente.


De hecho, afirmó que las estructuras disipativas compartían ciertas características con los sistemas químicos que evolucionaron para convertirse en vida. Serían un ejemplo de la evolución prebiótica, una evolución de la materia inanimada en un estado anterior a la animada. Sería , ese fenómeno de cristalería sobre nuestros bosques que a veces podemos observar en nuestros paseos invernales, como un anticipo de la vida, una tendencia al orden y a la autoorganización sobre el que va pisando el caminante, con sus raquetas, en su excursión matutina.


Por Antonio Cardiel, escritor, blogger (mantiene su bitácoras Foto-relatos) y colaborador de Ambientum.com

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