jueves, 26 de agosto de 2010

Reflexiones en el atolladero

Cuando partí desde Liaoning camino de Beijing jamás se me habría pasado esto por la cabeza, ni por asomo. Mi Chery Windcloud cinco puertas iba cargado con el escaso equipaje que había necesitado para mi reunión con la empresa carbonera y su depósito de combustible estaba lleno y listo para afrontar los poco menos de 400 km de distancia que separan las citadas poblaciones de la China nor-oriental. El viaje discurría sin mayores novedades y realmente comenzaba a disfrutarlo, en  parte gracias a las emisiones de un canal de radio especializado en Ópera Sichuan: mi preferida. Pero a falta de poco más de 100 km para Beijing todo cambió.

Semana y media más tarde sigo a los mandos de mi Chery, en algún lugar de la N-110 y conduciendo a la vertiginosa velocidad de 1 km al día. Al igual que yo, otros miles de vehículos se mantienen inmóviles y apelotonados en lo que parece el éxodo del fin del mundo. La impotencia empieza a hacer mella en los conductores, que poco a poco van perdiendo la paciencia. Comienzan a surgir improvisados buhoneros y suministradores de alimentos y agua, que los venden al doble de su valor real, y la desesperación se va abriendo camino.

Yo, por mi parte, intento conservar la paciencia sumergiéndome entre los épicos pasajes que me brinda mi emisora favorita. La reproducción de “El amanecer”, de Cao Yu es interrumpida por un informe especial sobre el mayor atasco de la historia de China, en el que, caprichos del destino, me encuentro atrapado. Comentan algo sobre el magnífico crecimiento de China desde que entró a formar parte del juego económico mundial, y sobre la sostenibilidad y la eficiencia energética de los recursos. También explican cómo el tráfico desde Mongolia Interior hasta Beijing se ha incrementado sobremanera en los dos últimos años gracias al descubrimiento de los mayores yacimientos de carbón de China, lo cual ha producido un gran aumento en la densidad de la circulación de camiones y demás vehículos. Además, el mercado automovilístico ha crecido enormemente en los últimos tiempos, habiéndose matriculado más de 10 millones de coches en 2009, un 53 por ciento más que en 2008. Recientemente China se ha convertido en la segunda potencia económica mundial, por delante de Japón, y ha superado a EEUU en consumo de energía. La tertulia radiofónica discurre sobre las enormes desigualdades sociales en China y sobre cómo la mayoría de los conductores no toman las autopistas de pago por su alto precio, saturando las vías convencionales.

Todos estos factores, unidos a unas desafortunadas obras en la carretera, cerca de Beijing, han desembocado en la pesadilla en la que me encuentro sumido. Desconozco cuándo volveré a casa. Se comenta que se tardarán meses en recuperar el flujo normal de tráfico, y las noticias que van llegando no son nada halagüeñas. Muchos conductores están empezando a abandonar sus vehículos en los arcenes; otros toman las primeras salidas que ven para, quizás, asentarse definitivamente en las poblaciones adyacentes; y otros, que han establecido su vivienda en su vehículo, realizan sus domésticos quehaceres mientras afilan su vista en el horizonte.

Entretanto, por mi mente no paran de revolotear los mencionados conceptos de “desarrollo sostenible” o “eficiencia energética”. Me pregunto si esto es lo que el Gobierno chino entiende por sostenible. Ahora mismo lo único que se sostiene es un atasco de 100 km y una nube de hidrocarburos, procedentes de los escapes, que ensucia el aire. Dicen que la población china aumenta en 10 millones de personas cada año. Según este dato, el país llegará a 1.500 millones de habitantes en 2043. ¿Se puede hablar de sostenibilidad con este ritmo de crecimiento? Me asaltan las dudas, y las dudas me van acercando cada vez más al miedo, un miedo tan profundo y palpable como la propia realidad en la que actualmente me encuentro. Un famoso economista dijo que cuando todos los chinos decidan usar papel de celulosa en el WC, los árboles del mundo tardarían una década en desaparecer. Pues yo creo que cuando todos los chinos decidan coger el coche a la vez, todo el país se colapsará y caeremos en la anarquía más absoluta. La única esperanza que conservo es que la razón y la cordura imperen algún día y que no haya que esperar al gran colapso para cambiar la manera de hacer las cosas. Tiempo al tiempo.

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