viernes, 15 de octubre de 2010

La Nada

Conservo perfectamente en mi cabeza los recuerdos de mi hogar. Sumatra. Un eterno verdor se extendía por todas partes. La selva infinita. Orquídeas de miles de colores, impenetrables  bosques de ébano o mullidos helechos decoraban mi hogar y el de mis hermanos. La comida no faltaba y manteníamos buenas relaciones con nuestros bípedos vecinos, que se agrupaban en pequeños y sostenibles asentamientos.

Pero todo aquello terminó. Los días felices quedaron atrás. Tenemos un nuevo enemigo. El más voraz de todos. Capaz de devastar enormes extensiones de jungla en un abrir y cerrar de ojos. Acompañado de un rugido grave y regular, casi rítmico, derriba un árbol tras otro. Sus oscuras y pestilentes flatulencias lo inundan todo. Es fácil reconocer el rastro de destrucción que deja a su paso. Pero es imposible huir, porque todo lo arrasa. Su grotesca apariencia no se asimila a nada de lo que haya visto jamás. Sus demoníacas fauces parecen indestructibles, inmutables. Y se mueve de una forma que no parece de este mundo. Es rápido y fuerte. Jamás lograríamos vencerlo, aunque nos uniéramos todos los tigres de Indonesia.

 Nuestros primos de Bali y de Java ya nos lo avisaron: -Cuidaos de la Nada Amarilla. Escabullíos antes de que sea demasiado tarde- Ésas fueron las últimas palabras del último tigre en caer. Ya no quedan tigres allí. Y, maldita sea, aquí vamos por el mismo camino. Mis pesadillas se inundan con la infame imagen de nuestro oponente. Ese rugido no me deja dormir. Me persigue allí donde voy y no soy capaz de quitármelo de la cabeza. El turbador rugido de la muerte. Ha invadido  mi alma y mis sentidos no pueden desembarazarse de él. Ahora mismo tengo la sensación de estar oyéndolo. Mis articulaciones tiemblan y la vista se me nubla. Un hormigueo me invade y comprime mi estómago y mi corazón. Dios mío, está ahí. Necesito encontrar un lugar seguro. ¿Pero dónde esconderse en un paisaje muerto? Mejor poner pies en polvorosa. El refugio cada vez está más lejos.

Vídeo de los tigres, acorralados por su enemigo

1 comentario:

  1. El tigre de esta historia tiene el destino marcado. Poco puede hacer para defender su medio de la invasión de los monstruos amarillos con mandíbulas de acero, que destruyen todo a su paso. El progreso humano lleva aparejada, inevitablemente, la invasión y adaptación del medio a sus propias necesidades, lo que se salda, invariablemente, con el sacrificio de algunos o de todos los elementos que originariamente formaban ese medio. Si el hombre, en su ansia expansionista, ha sido capaz de diezmar o eliminar hasta la extinción a otros grupos humanos ¿se detendrá ante el magnífico y legendario tigre de Sumatra? Ignoro si los tigres cuentan con la protección de algún ángel de la guarda o de algún dios felino. Si es así no lo envidio, porque le queda por delante un trabajo ímprobo.

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