viernes, 8 de abril de 2011

Un país con demasiadas luces

Se dice que España es uno de los países más fotografiados por los astronautas. Y no es precisamente por su contraste de colores, sino por la cantidad de luz que desprenden las ciudades durante la noche. Es la llamada contaminación lumínica.

Por contaminación lumínica se entiende a la emisión de aquel flujo luminoso provocado por fuentes artificiales nocturnas que, por su intensidad, dirección o rangos espectrales innecesarios para la realización de las actividades previstas para la zona en la que se han instalado las luces, emiten un exceso de luminosidad que va dirigida directamente al cielo.

Su detección es bastante fácil: sólo hay que mirar al cielo nocturno para darse cuenta de que no tiene un color natural y apenas se ven estrellas en él.

El problema está en la pasividad frente a este tipo de contaminación, principalmente por su escasa “visibilidad” y lo poco que afecta a la vida diaria. La gente se asusta si ve una capa de aire sucio cubriendo las ciudades, pero ya está acostumbrada a no ver las estrellas.

Lo que en realidad ignoran es que las consecuencias sí nos afectan, ¡sino no se llamaría “contaminación”!

El primer perjudicado es el bolsillo. Un gasto innecesario de luz implica un aumento de la factura, que al final acaban pagando los consumidores.

Además, más luz supone más energía, y por tanto más producción que de algún sitio tiene que salir. Actualmente las renovables están aumentando su presencia en el mix energético, pero seguimos tirando (y con fuerza) de combustibles fósiles con nefastas consecuencias para el calentamiento global.

Por último, el exceso de luz afecta a la flora y fauna nocturnas, que precisan de oscuridad para desarrollar sus ciclos vitales. Las aves se deslumbran y desorientan, se alteran los períodos de ascenso y descenso del plancton marino, lo que repercute en la alimentación de otras especies; los insectos modifican sus ciclos reproductivos, aumentan el número de plagas en las ciudades… Se rompe, además, el equilibrio poblacional de las especies, porque algunas son ciegas a ciertas longitudes de onda de luz y otras no, con lo cual las depredadoras pueden prosperar mientras se extinguen las depredadas. Respecto a las plantas, se quedan sin insectos que las polinicen. Aunque no hay estudios concretos sobre el tema, se cree que esta falta de polinización podría influir en la productividad de algunos los cultivos.

Ante este panorama, sorprende que precisamente en nuestro país no se tomen medidas contundentes.

Las farolas españolas son las más potentes de Europa, a pesar de que en los últimos años se ha hecho un esfuerzo por sustituirlas por luminarias más eficientes. Otra solución sería cambiar las bombillas por otras de bajo consumo. El otro foco de exceso de luz es la iluminación ornamental, sobre la que no pesa ningún tipo de control.

Cambiar la disposición de las farolas, apagar durante la noche lugares públicos cerrados o utilizar sistemas horarios para ajustar el encendido a la puesta real del sol son algunas posibles medidas que también pueden adoptarse para paliar el problema.

También existen algunas iniciativas internacionales interesantes, como la creación de las “Reservas Starlight”, denominación avalada por la UNESCO, que comunidades como La Rioja ya ha puesto en marcha.

Aunque ésta es una medida digamos “a gran escala”, también nosotros podemos tener pequeños gestos, como reclamar más información a los organismos públicos o encender la luz sólo cuando sea necesario, que contribuyan a vivir un poco más a oscuras.


1 comentario:

  1. A pesar del titular yo pienso que en este país medioambientalmente hablando, aún tenemos pocas luces.
    Pakopitu (twitter)

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