viernes, 8 de julio de 2011

El suelo bajo tus pies


Estamos casi cansados de oír hablar del cambio climático, el calentamiento global y los gases de efecto invernadero. Y a pesar de ello, poca gente sabe lo que en realidad implican todas esas palabras.

Por tanto, pedir que alguien se preocupe por otros males mayores y aún más desconocidos resulta, por el momento, una tarea con un largo camino por delante.

¿De qué problemas se puede tratar? ¿Algo más serio que el estado de la economía, la pobreza, el hambre…? Sí, porque básicamente es uno de los factores causantes de todo lo anterior: la pérdida de suelo.

El suelo es un gran olvidado la mayoría de las veces, cuando es uno de esos elementos que debería estar en el primer lugar de la lista “cosas de la Tierra que deben protegerse y conservarse”. Mucho hablar del cambio climático, pero en el suelo se está dando un cambio mucho más preocupante que es el de los usos del mismo: de tierra fértil a desierto, de producir alimentos a ser una superficie urbanizada.

Y es que el suelo no sólo es lo que al final proporciona alimento (la carne proviene de las vacas que se alimentan de pasto que crece en el suelo, los huevos de las gallinas que se alimentan de grano que se recoge de plantas que crecen en la tierra… el suelo es el “último eslabón” en la cadena alimenticia, por así decirlo). El suelo cumple multitud de funciones que habitualmente se ignoran: soporta la vida (que ya es bastante), interviene en multitud de ciclos naturales, aporta estructura, protege frente a inclemencias climáticas…

Entonces ¿cómo hemos llegado a esto?

Con la presión del crecimiento de la población mundial, la demanda de alimentos aumenta a un ritmo que, si se cumplen las predicciones, esquilmará los recursos provenientes de la agricultura en un plazo de 40 años. A ello hay que sumarle los métodos agrícolas intensivos que agotan rápidamente las posibilidades de reutilizar la tierra en un futuro, sin olvidar la erosión causada por la mano humana y la desertificación, que avanza lenta pero segura.

Al final, la tierra bajo nuestros pies va irremediablemente y de forma irreversible en muchos casos, cambiando a peor, haciendo que lo que antes producía sea ahora un páramo sin utilidad.

En resumen, el cambio en los usos del suelo es el otro gran cambio, que “ayudado” por el cambio climático (y contribuyendo directamente a él) hace que la esperanza para la vida en un futuro no tan lejano sea poco halagüeña.

Por suerte, mientras muchos se preocupan de cómo salvar animales, reciclar la basura y ahorrar agua, unos pocos ya empezaron a darse cuenta de esta grave evolución de la tierra con el tiempo suficiente como para creer que aún puede cambiarse la tendencia.

Un ejemplo es el proyecto LEDDRA, una iniciativa europea destinada a estudiar maneras de poner freno a la desertificación en tierras forestales y agrícolas, o la recuperación de suelo mediante microorganismos autóctonos, llevado a cabo por la Universidad de Oviedo. Incluso la ONU ha designado el día 17 de junio como “Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía”, con el fin de fomentar la cooperación internacional en la lucha contra estos males.

Porque la pérdida de suelo, aunque parece un problema lejano (como el cambio climático, de hecho), nos toca bastante más cerca de lo que creemos, ya que, por mucha industria de la que se pueda vivir, las fábricas no producen trigo.

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