viernes, 2 de septiembre de 2011

La vuelta al cole

Supongo que haber nacido en una familia numerosa te da otra perspectiva de las cosas. Una de las que mejor recuerdo (y aún practico) es la vuelta al cole que mi madre apañaba cada septiembre.

Cinco hijos son muchos, y cuando están en edad escolar parece que se multiplican por 2. No me quiero imaginar la cantidad de dinero que se esfumaba en libros, uniformes y folios, y mucho menos cuánto se iba en el transporte y comida.

A pesar de todo, al final del año el gasto no había sido tan grande. Y es que mi madre tenía unos cuantos trucos para ahorrar, que, sin saberlo, estaban contribuyendo a que sus hijos conocieran y aprendieran valores, como la sostenibilidad y el cuidado al medio ambiente, de primera mano.

Una de las ideas que menos me gustaban, para qué negarlo, era la reutilización de los libros. Yo heredaba los de mi hermana mayor, mi hermana pequeña los míos, y así sucesivamente hasta que al colegio se le ocurría cambiarlos por versiones más actualizadas. La advertencia materna al principio del curso era firme: hay que cuidar los libros y no pintarlos con boli que no se van a comprar más. Recuerdo como si fuera ayer las tardes de los días previos al retorno escolar forrando libros (los míos con papel reciclado, por cierto) con sumo cuidado y bajo vigilancia.

La otra reutilización que me entusiasmaba aún menos era la del uniforme, aunque era quizá menos evidente. Aunque parecíamos pequeños clones, siempre agradeceré el haber ido a un colegio con uniforme, que ahorraba disgustos a la hora de elegir la ropa y evitaba cualquier tipo de distinción entre los alumnos. Hasta los zapatos, si no estaban muy “machacados”, se podían utilizar de nuevo. Y nada de mochila nueva cada año, así que más te valía elegir una que te gustase mucho desde un principio.

Como es lógico, el material de papelería se agotaba a cantidades casi industriales, así que mi madre hizo exactamente eso: comprarlo todo a granel, ahorrando dinero, embalajes y viajes innecesarios a la tienda. Además, ella siempre ha sido muy consecuente con el medio ambiente, así que una gran parte de los folios que usábamos eran reciclados.

El transporte era otra fiesta que traía a mis padres de cabeza. Al principio era fácil, pues compartíamos el coche con unos vecinos cercanos e íbamos al colegio con dos coches llenos. Según fuimos creciendo, la cosa se complicó por los diferentes horarios, así que empezamos a aprovechar el trayecto al trabajo de mi padre o utilizar el transporte público para llegar puntualmente a clase. Con el tiempo y según nos hacíamos mayores, el autobús y el metro se convirtieron en los únicos medios para ir.

Lo de la comida también estaba perfectamente orquestado: comedor para todos. Eso sí que lo aborrecía de verdad, pero ¿iba a volver a casa a comer? No, el gasto en transporte era altamente inviable y  la comida… bueno, lo dejaré en “comestible”.

Una de las cosas que desde mi infancia ha cambiado bastante es la tecnología, ya que el móvil era un armatoste del tamaño de un ladrillo y los ordenadores aún funcionaban con una versión de Windows de cuyo nombre no quiero acordarme. Creo que aún oigo las gracias de mis padres por esa privación (involuntaria) de tecnología que les ha ahorrado gastos (energético y económico) y residuos.

Sé que todo esto parece simplemente una recopilación de trucos de madre ahorradora, pero ¿no son precisamente el ahorro y la reutilización dos pilares de una buena educación ambiental? Ahora y gracias a eso tengo automatizados gestos como reutilizar la ropa o desplazarme en transporte público  sin que ello suponga un esfuerzo.

Desde aquí, reivindico a las madres ecológicas sin proponérselo. Como la mía.

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