viernes, 11 de noviembre de 2011

¿Shale gas?

He leído esta mañana una noticia que dice que España se apunta al shale-gas, que es un término que no me suena mucho excepto por la parte de “gas”. Así que me he puesto a investigar y he descubierto algunas cosas que aún no estoy segura de que me gusten.

El shale gas, como su propio nombre indica, proviene de la pizarra. Podría decirse que es un tipo de gas natural (su composición es igual), sino fuera porque su forma de extracción es diferente a la habitual para este tipo de combustible. Este gas, en vez de estar almacenado en bolsas, aparece enquistado dentro de bloques de rocas sedimentarias, de manera que para sacarlo hace falta un esfuerzo que cuesta el doble (de €uros, claro).

Se supone que con los avances tecnológicos este gasto se irá reduciendo, contando con que se han descubierto suficientes reservas como para plantearse invertir en ello. Estados Unidos fue uno de los pioneros hace ya 30 años, seguido de Argentina, Canadá, el Europa del Este (Polonia, Rumanía, Bulgaria), Marruecos y Argelia. Los últimos en apuntarse, como no, hemos sido los españoles, con el descubrimiento de indicios claros de shale gas en la zona del proyecto Gran Enara (Álava).

Las previsiones no auguran un futuro muy largo para las prospecciones españolas: servirían para autoabastecer a España durante 5 años (si fuera sólo a Euskadi, durante 60), pero teniendo en cuenta nuestra dependencia energética del exterior, es una buena noticia.

Además de todo esto, el gas natural está considerado uno de los combustibles fósiles que menos contaminan. Su uso generalizado contribuirá a reducir la necesidad del petróleo y el carbón a largo plazo, y rebajaría la presión sobre la inminente transición a las energías renovables. Esta ventaja es un arma de doble filo, puesto que si se incrementa el uso del shale gas podría ocurrir que se frenara el desarrollo de estas energías limpias.

Si parece todo tan bonito (excepto por el precio), ¿dónde está el problema?

Principalmente, en la manera de extraerlo. El mecanismo empleado, el fracking, tiene un fuerte impacto físico y químico en la tierra. De hecho, en Francia está prohibido precisamente por este motivo. El fracking, a grandes rasgos, consiste en realizar perforaciones en horizontal en el bloque esquistoso por las que se inyecta una gran cantidad de agua, mezclada con arena y aditivos químicos. El líquido se cuela hasta la última fractura abierta en la roca, cargándose con el gas confinado. Esa mezcla vuelve a salir al exterior y los granos de arena introducidos con el agua se quedan encajados en las grietas y las mantienen abiertas para que el gas pueda seguir saliendo de las rocas.

Si nos fijamos en la experiencia americana, la historia refleja casos de flagrante contaminación de tierra y aguas, acompañados de explosiones, accidentes y sus correspondientes multas millonarias. Pero también ha habido una evolución hacia mejoras sustanciales en la tecnología empleada, y con ello, una reducción de los desastres ambientales.

Por eso, el caso del País Vasco se perfila como una apuesta por colaborar con socios internacionales y atraer a empresas multinacionales de referencia para aprovechar su know-how y técnicas de desarrollo, y evitar problemas de contaminación antes de comenzar con la extracción.

El shale gas, en definitiva, no es la panacea para el abastecimiento energético, pero mientras no sabemos muy bien qué hacer con las fuentes de energía, es un avance.

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