viernes, 13 de abril de 2012

Vuelta al trueque

La crisis ya no está encima de nosotros. Está CON nosotros. Una vez oí a alguien decir que estamos sometidos a un bombardeo de malas noticias: la prima de riesgo se dispara, el desempleo aumenta, los impuestos suben… parece que todo va mal en el plano económico.

Y no se puede decir que todo esto no sea cierto, pero lo que no hay que hacer en este caso es dejarse dominar por la situación de “pánico” y buscar soluciones cuanto antes.

Nosotros como individuos quizá no podamos contribuir a que la economía global mejore, pero sí que tenemos la capacidad de mejorar nuestro entorno más cercano de cientos de maneras.

¿Y qué pinta el medio ambiente en esto? Pues todo, ya que la economía está estrechamente relacionada con el medio ambiente, y más en tiempos de recesión. Todo ahorro económico que lleve a cabo una economía familiar se traduce en un beneficio para el medio ambiente.

Y de esto hay casos tan claros como por ejemplo, la sustitución de los desplazamientos en coche por el transporte público (aunque en alguna que otra ciudad se haya vuelto ligeramente impopular) o el simple gesto de “apagar las luces” para disminuir la factura energética de casa.

De entre todas estas ideas (ya se sabe: cuando disminuye el presupuesto, aumenta el ingenio), una de las más interesantes para aplicar a pequeña escala es el ancestral trueque. El intercambio de objetos y servicios por otros objetos y servicios es, además de incuestionablemente barato, muy ecológico y bueno para las relaciones interpersonales.

Hay comunidades de vecinos que han aplicado este sistema con mucho éxito, y lo cierto es que es un buen medio para empezar a utilizar este método. Un vecindario tiene un tamaño que facilita las operaciones de trueque y la infraestructura necesaria, que no es más que un tablón de anuncios en el que se ofrecen los bienes y servicios que cada vivienda tiene disponible. Tan solo hay que poner en conocimiento de todos cómo se  realizan las operaciones de trueque, y empezar con ello.

Quizá tu vecino del quinto quiera deshacerse de un sofá en perfecto estado y tú puedas cuidar a sus hijos los sábados que sea necesario. O como hablas perfecto inglés, puedes dar dos horas de clase semanal a la vecina del sexto a cambio de que su madre te lleve a la Universidad en coche, que le pilla cerca de su trabajo. ¿Ya te has leído todos tus libros y ocupan demasiado espacio? El portero tiene una hija muy lectora y le sobra un rato un par viernes para pasear a tu perro. Y esos juguetes que no usas desde hace años seguro que encuentran un buen destino en los críos del primero, cuyos padres médicos te pasan una consulta gratuita.

La cuestión es negociar los términos del cambio y disfrutar de sus ventajas, que no son pocas. Para empezar, no se necesitan intermediarios, el “precio” del producto o servicio es negociable, y no existe el gasto monetario. La vertiente ambiental es muy evidente: reciclaje, reutilización, disminución del gasto energético…

Desde luego que no todo es positivo: los acuerdos no siempre llegan a buen puerto o puede existir un desinterés en cualquier objeto o servicio ofertado o no tener ninguno que ofrecer, aunque estos casos son más bien excepciones.

Además, está demostrado que durante los procesos de trueque se comparten consejos y experiencias de ahorro, ocio gratuito, rincones y lugares donde consumir por menos, mejoras en la vivienda sin gastar, etc.

La cuestión, en este caso, es materializar la solidaridad en un contexto económico negativo, y que se puede resumir en una frase: imaginación al poder.

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